Lorena. A mi yo de niña le diría: tú tienes las riendas.

Retrato de Lorena el 20/11/2022. Por Dune Solanot.

«A los 25 años me fui a vivir con el chico con el que estaba saliendo. Al principio a mí me parecía super idílico.
Me decía que yo era el amor de su vida, me trataba genial.
Era muy protector conmigo. Demasiado protector. Yo no me daba cuenta de lo que significaba esto.
Empezó a mostrarse muy celoso, ya no solo de cualquier hombre, sino también de mis amigas, y de
mi hermano, la persona que más quiero.
Él lo justificaba diciéndome que me quería mucho. Me fue aislando poco a poco de todo el mundo.
Para mí en ese momento era mi salvador y mi protector. Lo tenía endiosado. No podía ver lo que
pasaba.
Recuerdo un día que me fui a la piscina con una amiga y las dos nos hicimos una foto. Una foto en
la que solo se nos veía del cuello para arriba. Se la pasé a él, y me soltó que por qué me hacía fotos
así. Que si las iba a publicar en las redes sociales para que las viesen todos.
Empecé a tener que justificarme de todo. Un control absoluto de con quién estaba y dónde. Me
vigilaba también económicamente, y todo lo que ganaba en el curro tenía que entregarlo en casa.
Los fines de semana cuando salíamos yo nunca llevaba ni llaves ni dinero. Él me decía que no hacía
falta. Cuando salíamos él guardaba las llaves de casa en el coche. Recuerdo que una noche, él
empezó a vacilar con una chica y me dejó sola, luego discutimos, y me dejó a las seis de la mañana
sin llaves de casa ni dinero.
Otro día en un bar me cogió del cuello, y me estampó contra una columna. Él me dijo: esto es lo
que hay, yo soy así. O me aceptas o te dejo.
Me obligaba muchas veces a tener sexo cuando yo no quería. Después, por mucho que yo me
duchase, me sentía sucia. Me lavaba como si me arrancara la piel.
También me controlaba y vigilaba todo lo que comía. Otra noche me enganchó de las muñecas, y
me las reventó. No fui al médico por miedo. No podía sujetar ni un vaso de agua. Bebía con pajita.
Recuerdo un concierto al que iba a ir, ya que mi hermano me había regalado la entrada. Me montó
un pollo increíble, porque él no podía ir, y me dejó.
Yo practicaba artes marciales, y un día que estaba haciendo un ejercicio que era un agarre contra la
pared, al ver a mi compañero sujetándome, me eché a llorar porque me estaba recordando lo que él
me hacía. No podía seguir entrenando.
Me regaló un piercing para el ombligo, y conforme me lo estaban haciendo me dijo: esto es para
que te acuerdes de mí cada vez que otro te haga sexo oral. Ya no llevo ese pendiente, pero han
pasado once años, y a día de hoy no se me olvida.
Siempre me decía que a ver qué iba a hacer yo sin él, que yo sin él no era nada. Un día ya no pude
más, y le dije que me estaba humillando. En ese momento me di cuenta de lo que ocurría.
Un día 23 de abril me dejó plantada durante horas.

Ese día me fui de su casa con mi perro, y ya no volví.
Él siguió persiguiéndome, me escribía por WhatsApp hasta que le bloqueé.
Pedí ayuda, y me llamaron de La Casa de la Mujer. Me ayudó una trabajadora social y una
psicóloga. Me desprogramaron, y me ayudaron. Yo tenía
muchísimo miedo. Mis emociones iban del terror a la vergüenza de tener que contar lo que me
había pasado. Pensaba que estas cosas a mí no me iban a pasar.
Él me deshumanizó, me quitó mi identidad, terminé sintiéndome como un robot. Viví un infierno.
Aún tengo pesadillas.
En la gran manifestación feminista del 8 de Marzo de 2017 me di cuenta de que no estaba sola, que
muchas habíamos pasado por lo mismo. Me empoderó ver cuántas éramos.
A la Lorena niña le diría que “las riendas las tienes tú”.
Que tú decides qué hacer con tu cuerpo, a qué paso vas, y a dónde vas.
Que si te quedas alguna vez estribada, no te preocupes que volverás a montarte.
Es una historia muy íntima, pero contar todo esto es una terapia para mí.»

Lorena a los ocho años mientras montaba a caballo.

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